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Flora de Murcia

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Las plantas de La Manga, en peligro de extinción

El Mar Menor se convirtió en foco mediático antes del verano de 2016 por la ‘sopa verde’ y, desde entonces, acapara prácticamente todas las atenciones medioambientales de profesionales y ciudadanos. Por fortuna, ha transcurrido al completo el verano de 2018 y son evidentes los signos de recuperación, al menos se vislumbra freno al desastre; por ejemplo, perceptible por todos: las aguas recuperan transparencia y los avistamientos de caballitos de mar han sido más frecuentes. Sin embargo, qué ocurre en el otro Mar Menor, el que no está sumergido, el que no ha sufrido cambio drástico y alarmante, sino progresivo y permitido. Me refiero a su ribera y, en particular, al cordón litoral que cierra y origina la laguna costera. Pues, para el Mar Menor emergido, para La Manga y sus últimos rincones naturales, no se han suscitado reacciones importantes y, sin una gran alerta, el ‘statu quo’ es el mismo e inmutable: playas para turistas y parcelas urbanizables, una gran ciudad en verano donde la naturaleza subsiste acorralada hasta ser desahuciada. Así, de forma invisible para el público en general y sin actuaciones contundentes ni urgentes, se está produciendo la extinción del componente vegetal.

Un buen ejemplo es el de la esparraguera marina, desde hace quince años especie protegida legalmente en la Región de Murcia (Decreto 50/2003), dentro de la categoría «De interés especial», a la que, con posterioridad, el mismo grupo de investigación que elaboró la base científica de la normativa regional vigente, de la Universidad de Murcia, determina la categoría «En peligro crítico de extinción» en la ‘Lista Roja 2008 de la flora vascular española, catálogo de referencia para la conservación vegetal en España. Y en diciembre de 2013, ¡hace menos de cinco años!, en la obra botánica ‘Flora iberica‘ se revela que es una nueva especie para la Ciencia, exclusiva del entorno del Mar Menor. Es decir, la esparraguera del Mar Menor (Asparagus macrorrhizus), solo se encuentra en todo el mundo en el sureste de la Región de Murcia y el núcleo principal con mayores efectivos de la planta, apenas mil quinientos ejemplares, se localiza al final de La Manga, donde existe una fuerte presión urbanística.

Le sucede por igual a la campanilla de mar (Calystegia soldanella), tan amenazada por la destrucción y ocupación de su hábitat como la anterior, aunque no es especie protegida, a pesar de su rareza en las arenas litorales de la Costa Cálida. De distribución cosmopolita, por la franja costera de todo el planeta, en territorio murciano solo cuenta con cuatro localizaciones, en Calnegre y La Manga; en una de las playas mangueñas prácticamente está arrinconada a los treinta centímetros junto al muro de una vivienda, en otras dos, aunque crece en las dunas, tiene de compañera a una planta alóctona invasora, a la uña de gato (Carpobrotus acinaciformis), o está a merced de arenas alteradas y extremadamente móviles. Por otro lado, otras especies, que eran comunes en La Manga, como la azucena de mar (Pancratium maritimum), de seguir el menoscabo a los arenales, se convertirán en puntuales o raras.

La solución que la Administración está ofreciendo, exigir informes de vegetación protegida y en último término autorizando trasplantes, quizá sea muy generosa para cómo se encuentran las poblaciones de algunas plantas en peligro: ni pueden retroceder un solo metro ni pueden perder siquiera un individuo.  Entonces, en la actualidad, ¿qué fórmula puede equilibrar tantos años de desarrollo insostenible y protección de la naturaleza? Habrá que tener muy en cuenta los derechos de los propietarios, que emanan de una primera ley de 1956 pero, también, si no existe aún normativa que dilucide el conflicto sin detrimento para el medio ambiente, tendrá que aplicarse el sentido común, con conciencia medioambiental, y esperemos sea prioritario anteponer la preservación de los últimos reductos de un valioso e incluso único patrimonio natural que, literalmente, ya ha cedido demasiado terreno.

En definitiva, en La Manga la conservación y recuperación de los hábitats y las especies de flora no radica en una dificultad fundamentalmente biológica, sino política, administrativa y económica.

[Publicado en
el suplemento Nuestra Tierra del diario La Verdad,
el martes 25 de septiembre 2018]

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